PORTRAIT

Vivir y fotografiar en Cusco me ha permitido entender que un retrato no es solo la imagen de una persona, sino una conexión profunda con su historia y su entorno. Aquí, en los Andes, cada rostro lleva consigo la memoria de generaciones, la huella de la cultura y la fuerza de la montaña. Cuando hago un retrato, busco capturar ese espíritu: los ojos de un campesino que cuentan historias de trabajo en la tierra, la serenidad de una mujer cusqueña envuelta en su manta, o la sonrisa tímida de un niño que corre por las calles empedradas. En Cusco, el retrato va más allá de la persona; es un reflejo del alma colectiva que habita este lugar. A través de mi cámara, trato de que cada imagen sea un homenaje a las raíces y al presente de quienes viven aquí.

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